viernes, 8 de julio de 2011

Cronica de una desilusión que antes fue ilusión

Una chica cree. Mejor dicho, una chica ya no cree. Ya no sueña, ya no anhela. Siente que algo la arranco de pie y de repente se da cuenta que la incertidumbre es un sillón no muy cómodo. Se repliega repasando cada una de las cosas que pasaron , como si en el amor, el todo fuera la suma de las partes(podría pensarse a la inversa también). Y en ese afán de tener respuestas concretas, se da cuenta que en el túnel no hay salida. Que como cuando se repasa un examen de la facu y se lee tanto y se analiza de principio a fin, que lo que leemos pierde sentido , empezamos a pronunciar palabras que suenan raro. Ahi pone pausa, respira hondo, agacha la cabeza y antes de explotar en yanto grita “la puta madre”, lleva sus manos a la nuca, como quien se pierde un gol, y pone el mundo en off. Esa sensación de que ya no tiene nada, que todo lo que construyo, desapareció. Ir al cine los lunes, cenar en pantuflas, reprocharse los mates lavados. Cosas tan pequeñas que se agigantan y la aplastan. Sin embargo está convencida que desde la tristeza puede ver mejor, piensa la tristeza como una imagen en sepia, teñida de amarillo, pero con claridad. Y de pronto se pregunta: ¿Por qué algo que se construyo en tanto tiempo, desaparece en una respiración fuera de ritmo? Tal vez porque siente que la proyección de algo que va a venir, la construcción de algo que se va a construir, en fin, el porvenir; todo involucraba la vista y no la mirada. Quizás empezaron a perderse esas cosas que pasan mientras estamos aquí y ahora, algo cerca de los ojos pero lejos de ser visto. Lo malo de construir un castillo en la arena, es que uno siempre ansia poder verlo terminado y lo va imaginando, y quiere esa foto al lado. Lo malo es que hay dentro de esa aventura algo que escapa a nuestras incontrolables ganas de controlarlo todo hasta el fin y eso que escapa son las olas, es el mar, algo que crece y de repente se lleva el todo.
Entonces se encoge de hombros, y mientras por decima vez hace sonar su nariz, se da cuenta que lo que siente no es producto de lo que paso, de lo real, sino más bien de lo que nunca jamás sucedió. Que pudo construir muchos castillos de arena, pero que no pudo disfrutarse en cada forma que le daba con sus manos. Y el mar no avisa. Respira profundo, se pone de pie, y sabe que el sol siempre sale al igual que el dolor pasa, y siempre nos anteponemos a la adversidad, por suerte no tenemos tope como el volumen, o la balanza. Siempre hay cosas por las que andar, pero disfrutando el camino y sin pensar a donde vamos a llegar.

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