lunes, 8 de agosto de 2011

Una gota de sol en un mar de viento.


Y sin embargo vos creías que cuando llegas hasta un cierto punto, no hay marcha atrás. Pero también es cierto que donde termina tu cuerpo empieza otro, parafraseando a Jorge, y es ahí donde tal vez te fastidies. De un lado se piensa, al mismo tiempo que se hace, se siente, se respira. No sabemos porque las cosas que fluyen necesariamente deben ser boicoteadas por enormes pensamientos que lejos de no ocupar espacio te apastan como a una cucaracha, y no tenes nada con que detenerlo. Y es ahí donde las respiraciones fuertes y profundas, los besos que lo recorren todo hasta lo incomodo de esta lecura, dejando un poco para imaginar, se desvanecen y parecen dejar el escenario de la pasión, para ser decorado de la razón. De repente esos cuerpos desprovistos de ropas, y no de abrazos cambian sus uniformes del goce y las caricias, por uno de vergüenza. Estar desnudo pareciera incompatible con un debate que rebota entre lo que debió haber sido y lo que nunca jamás sucedió. El enredo no es el de las partes en armonías, ni el de las formas calurosas buscando fundir todo lo que somos. Pudimos estar tan cerca y al final no nos alcanzamos nunca. Yo no quería saltar vallas, vos querías construirlas. Yo me prometí verte sonreír, vos desconfiaste de que solo buscase eso. Yo quería dejar el pasado en la lacena, vos lo invitaste a los pies del encuentro. Yo salte hasta el cansancio, vos hiciste paredes cada vez más altas. 

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